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UN ORDEN DIVINO
El sháij Sidi abuzakaria etlimsani es el guía (múrshid) espiritual, que ha recorrido el Camino de la Verdad (Tarîq al-Haqq), ha aniquilado su ego en la Unidad de su Creador, y conoce los peligros que acechan al murîd, los terrores que obstaculizan su andadura y los límites que no pueden ser trasgredidos; es alguien que, cumpliendo esas condiciones, se hace cargo de la educación (tarbía) de los aspirantes y les señala las exigencias de la peregrinación (sulûk) y la forma de llegar a las proximidades del Creador (el qurb).
Sidi Abu zakaria etilimsani ha seguido el Camino bajo la dirección de Sidi Benouda Mamcha y Sidi Kaddour ben Achour cuya cadena (sílsila) remonta hasta el Profeta (s.a.s.). En su caminar hacia Allah, el maestro ha saboreado las esencias (haqâiq) y adoptado las formas de conducirse (los Ajlâq) del Profeta (s.a.s.)
Como decía al-Qâshâni, el sháij
es una persona perfecta en el conocimiento de la Ley, el Camino y la
Esencia, habiendo alcanzado las profundidades de esas ciencias, y conozca las
enfermedades del ego y los remedios para esos males y pueda sanar los corazones,
guiándolos si están preparados y están destinados a alcanzar la Meta.
El maestro es
imprescindible. Cuando alguien se hace aspirante
(murîd), es decir, cuando en esa persona despierta la Irâda
(literalmente, Voluntad, pero entre
los sufíes es el deseo de abandonar la
rutina y las costumbres), y prefiere guiarse por sí mismo y atenerse a su
propia opinión, se equivoca. Se suele decir, que Shaitân
es el maestro de quien no tiene sháij.
Y es necesario el maestro por lo que dijo el Profeta (s.a.s.): “En
todo arte buscad la ayuda y el consejo del más hábil”, y el sháij
es el mejor en el arte de los sufíes. Es cierto que Allah mismo se ha hecho
cargo de algunos buscadores, tal como hizo con Abraham o con Muhammad (s.a.s.)
entre los profetas, y con Uwáis al-Qárani entre los awliyâ,
pero son casos excepcionales. La regla es que exista el maestro y el discípulo,
y esto forma parte de la Sunna de Allah con la que gobierna la existencia.
Quien busque conocer
las ciencias formales del Islam debe acudir a un ‘âlim,
o a varios. Ellos te comunicarán los datos que desees saber sobre la Sharî‘a. Pero para adentrarse por la Tarîqa, es necesario un sólo sháij. No esconveniente tener más de un maestro sufí a la vez.
Ejemplo de ello fue el Imâm al-Yîlâni, que recogió sus saberes formales de
una gran cantidad de ‘ulamâ, pero
cuando se inició en el sufismo sólo acompañó a su sháij
ad-Dabbâs, y más tarde a al-Májrami.
La primera de las
condiciones que debe cumplir un maestro que se ofrezca a guiar discípulos es
tener un gran conocimiento de la Sharî‘a
y del Tasáwwuf., de modo que él sea una síntesis de la Ley y la
Esencia. El Imâm al-Yunáid dijo: “Nuestra
ciencia tiene como elementos correctores el Corán y la Sunna. Quien no conozca
el Hadiz y lo escriba, no haya memorizado el Corán, no sea experto en Fiqh y en
la Técnica de los sufíes, no es digno de ser seguido”.
Al-Yîlâni dijo: “No
le es lícito a nadie sentarse sobre la alfombra del rango de la maestría y ceñirse
la espada de la atención a los discípulos a menos que cumpla con diez
virtudes. Dos son de Allah: que sea discreto y tolerante. Dos son del Profeta:
que sea afectuoso y buen acompañante. Dos son de Abû Bakr: que sea sincero y
generoso. Dos son de ‘Omar: que sepa ordenar y prohibir. Dos son de ‘Ozmân:
que dé de comer al hambriento y pase las noches en recogimiento mientras las
gentes duermen. Y dos son de ‘Ali: que sea sabio y valeroso”.
El mismo Maestro al-Yîlâni
lo dijo en versos: “El Sháij verdadero
cumple con cinco utilidades, o de lo contrario es un impostor que conduce a la
ignorancia. / Es conocedor de las normas exteriores de la Ley y a la vez indaga
en las raíces de la Esencia. / Al que llega para beber de él, le muestra buena
cara, y es hospitalario, y se somete al pobre en palabra y acto. / Ése es el
maestro merecedor de enaltecimiento cuyo valor es inmenso, diferenciador de lo
ilícito de lo lícito. / Pule a los seguidores del Camino estando ya pulido su
corazón, siendo a la vez de una generosidad absoluta”.
Algunos se precipitan
y se presentan como maestros cuando no lo son, y son causa de las censuras que a
lo largo de los siglos se han dirigido contra el sufismo. Al-Yîlâni les decía:
“¿Quién es ese que se está atreviendo a jugar con serpientes
(refiriéndose a las almas de los aspirantes) cuando él aún no ha
tomado el antídoto? ¿Cómo puede pretender que conduce hasta las Presencia del
Rey, si no es chambelán? Tú, que dices ser un maestro, y compites con los
sinceros, buscas satisfacciones como los niños y no eres más que un niño.
Eres un descuidado que no se da cuenta de que la Verdad ha presentado una
querella contra ti. Pronto tu alegría se va a convertir en miedo...”. Y
después, el Imâm daba estos consejos al aspirante: “Busca a quien te ayude a derrotar a tu ego, no a quien lo fortalezca
contra ti. Si acompañas a un maestro ignorante e hipócrita, que se ha sometido
a su naturaleza y a su propia frivolidad, ése ayuda a tu demonio. A los
maestros no se les acompaña para pasar un rato en este mundo, sino para
conquistar al-Âjira. Si un maestro está sometido a su naturaleza, es acompañado
para disfrutar del mundo; pero si es poseedor de un corazón es acompañado para
entrar en el Universo de Allah; y si es depositario de un Secreto, entonces se
le acompaña por Allah”.
En el Islam, existe
un estrecho vínculo (râbita)
que une al maestro (sháij)
y al discípulo (murîd). Ese
lazo es la compañía (suhba),
con la que se emula la relación que había entre Sidnâ Muhammad (s.a.s.) y sus
Compañeros (los Sahâba). El maestro y el aspirante se reúnen en
torno al anhelo por alcanzar a Allah, no en pos de un bien efímero, o alrededor
de una doctrina alambicada, y la radicalidad de ese propósito es la causa de
condiciones férreas. Es una compañía cuya primera condición son la sinceridad
(sidq) y el desinterés
(ijlâs), teniendo como norte
el conocimiento y la cercanía a Allah sobre la base de la cortesía.
Esa relación tiene
tres pilares: las funciones del sháij,
la actitud del discípulo para con su sháij
y la vinculación entre los discípulos del sháij.
Al-Yîlâni dijo: “Al
cabo de dos años, el destete”. Si la compañía
(suhba) de un maestro
se realiza cumpliendo estrictamente sus condiciones, llega el momento en que el
discípulo puede independizarse para continuar sólo adentrándose en la proximidad
(qurb) a la que su maestro lo ha asomado.
Ese
momento tiene señales, como la desaparición de sus pasiones, el olvido total
del mundo, un anhelo vehemente por llegar hasta Allah,... En las profundidades
de ese aspirante puede haber un secreto
(sirr) al que no tenga acceso el
maestro, o, a la inversa, el maestro tenga un ‘secreto’ que el discípulo no
pueda descifrar... En estos casos, el aspirante se ha independizado de la
necesidad de un maestro y todo su corazón pende ya de Allah en exclusiva, y,
alcanzado esto, ¡cómo podría estar en contacto con un sháij! Ha llegado el momento en que deba seguir su propio camino,
en conformidad con lo que dicen los sufíes: “Los caminos hacia Allah son en el número de los alientos de todos los
seres humanos”. Y Allah dice en el Corán: “Guiaré por mis Caminos a quienes luchan por Mí”.
Por
respeto, esperará a que su maestro le indique que lo abandone (incluso puede
llegar a prohibirle que vuelva a verlo), y a partir de entonces se sumirá en su
propio mundo siguiendo el Camino que le dicta su Señor. Al-Yîlâni decía: “Allah
bendiga al maestro, y al discípulo sincero que prescinde de su maestro porque
ya no le basta más que Allah”.
La risala ( mensaje) de Sheij Abouzakaria Etilimsani
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